Empujando un sueño: la historia detrás de La Carreta Literaria

Esta es la historia de cómo Martín Murillo pasó de vender agua en la calle a promover la lectura por Colombia y el mundo. Una historia de casualidades, encuentros, fracasos y mucha insistencia.

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Quiero contarles quién soy, de dónde vengo y para dónde voy. Mi nombre es Martín Roberto Murillo, tengo 51 años y estudié hasta quinto de primaria.

Así se presenta Martín Murillo ante un grupo de 50 niños y jóvenes de Punta Canoa, corregimiento de Cartagena, que se han reunido en el centro cultural del pueblo para escucharlo. Antes de seguir contando cómo creó La Carreta Literaria, hace un resumen de los lugares que ha visitado desde que existe el proyecto hasta ese día: 

He recorrido 5 países, desde Caracas a Buenos Aires hasta Madrid, y he atravesado 5 veces el departamento de Bolívar. La semana pasada estuve en Cantagallo ¿Conocen Cantagallo?

 

El vendedor que lee

Martín llegó a la lectura impulsado por un sueño que tenía desde niño en su natal Quibdó: convertirse en analista de la NBA. No se había graduado del colegio así que a sus 34 años, cuando empezó a trabajar como vendedor de agua en las calles de Cartagena, escogió los libros como un camino alterno para prepararse. 

Cada vez que lograba vender una buena tanda de bolsitas de agua cerca de las universidades, estacionaba su carrito en alguna banca y sacaba de su mochila alguno de los libros que le regalaban sus clientes. Volvía a sus páginas en la noche, cuando llegaba al hotel que compartía con prostitutas y comerciantes borrachos en la calle de la Media Luna: “Ellas querían ver novelas y no me dejaban ver los partidos de la NBA”, así que no le quedaba otra opción que encerrarse y abrir un libro.

Martín fue quedando en el imaginario de cartageneros y visitantes como el vendedor ambulante que leía. Así fue como a finales de 2002 conoció a quien se convertiría en uno de sus mentores, un hombre corpulento y conversador que le prometió regalarle unos libros cuando lo vio en la calle leyendo El hombre duplicado. 

Se trataba de Jaime Abello, director de la Fundación Gabo (llamada en ese entonces FNPI), quien aplazó y aplazó su promesa hasta hacer dudar a Martín. “Cada vez que me lo encontraba me decía que había estado en Buenos Aires, que venía de Puerto Rico, que nosedónde…en un momento no le creí porque no sabía que el man de verdad viajaba tanto”, cuenta Martín con un acento que conserva la esencia de las dos costas.

Pasaron unos meses y por fin ocurrió el encuentro definitivo. Cuando llegó de otro de sus viajes promoviendo talleres para periodistas de América Latina, Jaime llevó a Martín hasta las oficinas de la Fundación. Era 27 de mayo de 2003, una fecha que recuerda como histórica para lo que sería La Carreta. 

“Mijo, Gabito lo único que ha hecho en esta vida es leer”, le dijo Jaime García Márquez, hermano del Nobel. Además de esa reflexión, salió de ahí con un par de libros en la mano y una nueva promesa: “Podemos darte algunos libros e invitarte a algunas actividades de la Fundación”, le dijo el entonces director ejecutivo, Ricardo Corredor. 

También le dieron una libreta, que se convirtió en el diario donde registraría cada paso que daba hacia su sueño, desde los libros que leía hasta los resultados de los partidos de la NBA. Así la estrenó ese 27 de mayo:

“Hoy empecé a subir la montaña del saber periodístico con los mejores maestros. Solo el destino sabe cuándo debo llegar y hasta dónde debo llegar con paciencia”. 

Efectivamente conoció a los mejores maestros del periodismo en español y portugués, a esos referentes de reporteros aprendices y experimentados de toda la región. Como invitado a los talleres de la Fundación, que reunían a un selecto grupo de periodistas latinoamericanos en Cartagena, Martín se acercó al trabajo y a las lecciones de Carlos Monsiváis, Miguel Ángel Bastenier, Alma Guillermoprieto y Jon Lee Anderson. 

Durante varios años, Martín vivió en medio de lo que él llama “un mundo abstracto”. En el día repartía su tiempo entre la venta de agua, la lectura y las actividades de la Fundación, donde conversaba con periodistas y conseguía autógrafos de escritores. Cuando terminaba la jornada llegaba al hotel, donde era blanco de la curiosidad de las prostitutas y los borrachos: “Me preguntaban qué me decían esos manes y me advertían que me iba a volver loco de tanto leer”.

¿Después de esto qué sigue?

Andaba en esas cuando, en 2007, Cartagena se preparaba para el Congreso de la Lengua Española, que le haría un homenaje a Gabo por el aniversario número 40 de Cien años de Soledad. Tras varios días de espera, Martín consiguió la apetecida credencial y con ella se fue a explicarle a sus clientes que esa semana suspendería la venta de agua; de ellos recibió otra dosis de escepticismo: “¿Eso sí te va a dar de comer esta semana?”

Fueron cuatro días de inmersión en el mundo de las letras: charlas, ferias de libros, firmas de autógrafos y, por supuesto, el ovacionado discurso de Gabo que revelaría el inmenso esfuerzo detrás de Cien años de soledad. El último día, Martín entendió que no podía volver sin más a su vida de vendedor y lector aficionado; eso concluyó cuando Jon Lee Anderson le preguntó “Martín ¿y después de esto qué sigue?”

Luego de enfrentarse a esa pregunta no volvió a ser el mismo. Regresó a sus recorridos de vendedor, sin dejar de cuestionarse cómo cambiar de oficio por uno que fuera “útil a la sociedad”. Le proponían terminar el bachillerato, entrar a la universidad, estudiar algo…pero su impulso no podía esperar tanto.

Hasta que llegó la respuesta. Así le gusta empezar a contarla: “Un día estaba en el Portal de los Escribanos donde Juancho, el que vende jugo; ahí también estaba Aroldo, un camarógrafo”. Con ellos compartió una idea que sonaba simple: conseguir un carro como el de los jugos, llenarlo de libros y llevarlo a los parques, escuelas y universidades para promover la lectura sin cobrar ni un peso. 

Cuando Aroldo le lanzó la pregunta difícil -“para eso necesitas plata, ¿cómo vas a hacer?”-, la respuesta apareció caminando por el andén, vestido de blanco como siempre, y entrando a su oficina, la sede del Concurso Nacional de Belleza. Como si lo hubiera craneado durante meses, Martín abordó al Presidente del Concurso, Raimundo Angulo, su viejo amigo y cliente, y le contó la propuesta. “Oye, me gusta esa idea, yo te apoyo”.

Así fue como Martín Murillo cambió su sueño de comentar los partidos de la NBA por uno nuevo: “ser más útil para la sociedad” promoviendo la lectura por placer. 

 

Sigue fracasar y equivocarse

-Mi nombre es Martín Murillo, tengo 42 años, estudié hasta quinto de primaria y vendía agua en las calles del Centro. Ahora soy promotor de lectura.

-¿Profe y esa vaina sí da plata?

-No da plata, da satisfacción.

-¿Y eso qué es?

-Que yo me siento contento con esto.

Así solían comenzar los primeros talleres de promoción de lectura de La Carreta en los colegios de Cartagena. Pero al principio eran pocos; el día a día de Martín realmente se iba buscando lectores en las plazas y tocando las puertas de los rectores para venderles la idea pero, sobre todo, para hacerles entender que sus servicios de verdad eran gratis.

“Al principio no sabía cómo estructurar la promoción de lectura, quería hacer todo a la vez”, recuerda. Incluso recibió regaños: “Primero aprenda lo que va a hacer y después viene”, le dijo alguna vez una monja en un colegio. Así que por las noches se encerraba en su cuarto a estudiar y a ensayar con el libro que cataloga como la biblia de la promoción de lectura, Manual de Lectura en voz alta, de Jim Trelease.

-Me gusta porque el man (el autor) ensayaba con sus hijos y nietos. 

-¿Y tú con quién ensayabas?

-Con los hijos de las prostitutas que vivían en el hotel. Me iba bien porque ese era su único entretenimiento. 

Fueron varios años de cometer errores, de titubear ante el público, de que su “proyectico” -como lo calificaban algunos funcionarios- fuera rechazado una y otra vez. Por momentos se sentía identificado con el personaje del viejo pescador creado por Hemingway, “definitiva y rematadamente salao”. 

Pero durante esos años Martín se dedicó -de la mano de aliados que iba sumando en el camino- a estudiar sobre promoción de lectura, pedagogía, formulación de proyectos y uso de computadores. 

Así logró sumar nuevos patrocinadores -como RCN o Postobón- y crear un portafolio con diferentes estrategias de promoción de lectura para cada público. Después de recorrer la mayoría de colegios públicos de Cartagena empezó a llevar su trabajo a los municipios de Bolívar, adaptando La Carreta para atravesar trochas y ríos. 

Esta se volvió tan atractiva que también tuvo que acomodarse a los aviones, pues casi todos los años es invitada a participar en eventos literarios, periodísticos y hasta deportivos en Colombia y el mundo. Para Martín, lo que hace tan atractivo su proyecto es “saber que hay un señor con quinto de primaria que va buscando lectores y que vive de eso, no como pasatiempo”. 

Aunque no cumplió su sueño de convertirse en analista deportivo, ni el anhelo de su mamá de llegar a la universidad, sí alcanzó el sueño que se le despertó después de los 40 años, bajo un habitual sol cartagenero: ser útil para la sociedad.