El Maestro Bastenier

Cada vez que Baste terminaba de escribir un artículo, se levantaba con ese aire altanero del niño bueno que sabe que hizo la tarea mejor que todos los compañeros, y con letra más bonita. “Esto me ha quedado espléndido”, decía, “y para celebrar, me voy a fumar un cigarrito”. No solo se jactaba de lo bien que escribía, sino de lo rápido que era, “quisiera escribir lento, pero es que no puedo, es como si cada letra ya supiera el lugar que le corresponde y se enfilan rapidito una tras de otra”. Y soltaba una risotada.

La mayoría de los periodistas nunca lograremos sentir esa satisfacción absoluta, por más libros que leamos, o talleres que tomemos o reportajes que escribamos. Esa risa descarnada, sin embargo, llevará por siempre la fuerza que nos inspira a seguir intentándolo cada día. Adiós, Maestro.

Autor: Carlos Serrano

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